Sinopsis

Enrolado como grumete en un galeón de la Carrera de Indias a fines del siglo XVI, Álvaro López Duarte cae al mar cerca de Bahamas y es abandonado por sus compañeros a merced de las olas. Pero ocurre lo imprevisto. Durante los próximos quince años se jugará la vida a cañonazos y a punta de espada en un mundo atroz, sorteando enemigos y peligros de todo tipo.

 

 

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Transformado en Doiteadiós, uno de los capitanes piratas más temidos del Caribe, sus incursiones mantienen en permanente zozobra a la armada española, guardiana del oro y la plata de la Corona que cada año atraviesa el océano en un largo y peligroso viaje desde La Habana hasta Sevilla.

Jugándose el todo por el todo, en compañía de uno de sus hombres y sin imaginar la gran sorpresa que le espera, Doiteadiós entra de incógnito en La Habana con dos propósitos: apoderarse del tesoro que guardan las murallas del Castillo de la Real Fuerza, y cumplir un juramento de sangre que hizo cuando en España ya todos lo daban por muerto.

No mataba por matar. Ni robaba por codicia. Era un hombre osado, justo con los valientes y fiero con los cobardes. Manejaba la espada como un demonio y tenía un juramento de sangre.

Capítulos

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I — EL PATACHE SAN GABRIEL

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III — DESPUÉS DE LA TORMENTA

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V — LOS DOBLONES DE SU MAJESTAD

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VII — PIES EN POLVOROSA

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IX — ¡QUIÉN VIVE?

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XI — BRINDIS POR EL REENCUENTRO

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XIII — UN MUERTO VIVO

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II — ENCAMISADA EN MATANZAS

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IV — LA TABERNA DEL CHIFLE

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VI — CELADA EN TINIEBLAS

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VIII — EN LAS NARICES DEL ENEMIGO

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X — MUERTE AL MATÓN

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XII — DELITO DE ALTA TRAICIÓN

Capítulo I 

La Centella hendía los rizos de mar como un pez espada. Un barco había sido avistado a sotavento y la tripulación demoró en ponerse a la generala los mismos segundos que el capitán empleó en dar la orden de largar el foque y subir a trancos al castillo de popa, donde a vivo pulmón dio la segunda voz.

—¡Puente!

Al capitán Álvaro «Doiteadiós» López Duarte, hombre de mucha porfía y temeridad, no le gustaban las sorpresas. Tenía enfocado el catalejo más allá de la proa cuando un repentino viento torció el rumbo a la nave, que empezó a cabecear dando bandazos en la marejada.

—¡Botad a estribor! —ordenó al timonel, que en un abrir y cerrar de ojos consumó la maniobra. Theo el Holandés no era bueno con el arcabuz, pero a la hora de navegar donde el capitán ponía el ojo él ponía la Centella, un ágil galeón capturado a la Armada española y salido de una prodigiosa atarazana vasca de Lezo, en Guipúzcoa. Con unos noventa pies de eslora, manga de treinta, popa de espejo plano, dos cubiertas, arbolando tres palos, con menos de cuatrocientas toneladas de desplazamiento, y el castillo de popa modificado para reducirle peso, la Centella volaba sobre las olas. Visto a distancia daba la impresión de ser un barco inofensivo. Y podía parecerlo más porque quienes lo veían acercarse a toda velocidad estaban abanderados con igual enseña, la española.

Pero Doiteadiós, que debía el alias a la rapidez con que despachaba al otro mundo a sus adversarios, se disponía a dar fe de que su barco, artillado con seis falconetes y catorce medias culebrinas, un adecuado pertrecho de espadas, metralla, pólvora y chuzos, no era tan manso como aparentaba. De modo que tan pronto se acercaron a unos ciento cincuenta pies del patache San Gabriel —a tiro de mosquete y abordaje seguro— el capitán ordenó arriar el falso pabellón que ondeaba en el pico de la latina e izar un gallardete rojo en el palo mayor, inequívoca señal de que de no rendirse los perseguidos por la nave pirata encaraban una muerte segura.

Asido a un obenque por estribor el segundo de a bordo, el maestre Donald Hawkins, volteó la mirada hacia el castillo de popa y alcanzó a ver recortado a contraluz el sombrero chambergo del capitán en el momento en que este daba la cuarta orden.

—¡Apocad velas!

La Centella redujo un tercio el avance y cuando se emparejó con el San Gabriel el timonel del patache, que navegaba a sabiendas de lo que se le venía encima, dio un giro para ponerse de través tratando de huir. Para cubrir la fuga, sus artilleros dispararon una primera andanada con cuatro cañones que solo levantó agua a unos veinte pies delante de la proa pirata. A Doiteadiós no le gustó el amago y desenfundó la espada. La señal no pilló desprevenido al condestable, el Lobo Ducrot, que ya la esperaba con los botafuegos humeando.

—¡Feu! —se oyó su orden en sonoro francés.

Dos de los tres falconetes de estribor de la Centella retumbaron al unísono e hicieron blanco directo en el palo mayor del San Gabriel. Un nuevo golpe de viento los apartó de la presa. Pero el Holandés meneó las muñecas y los puso otra vez en posición ventajosa. El Lobo dio la voz de fuego para las cinco culebrinas de la banda derecha, que para imponer respeto dispararon con balas encadenadas y dañaron el trinquete a la embarcación fugitiva, lo que quedaba en pie de la vela del palo mayor, y astillaron parte de la tablazón y la regala. Inmovilizados, y con la desventaja de que habiendo sido un bajel de guerra el patache era ahora una nave negrera mucho más pesada, los ocho hombres de mar y diez de guerra a bordo tenían solo dos alternativas: rezar y alzar bandera blanca o resistir y ganarse una entrada al cielo con honor, de manera suicida.

El capitán Doiteadiós alzó el catalejo y reparó en que los arcabuceros apostados en la crujía del patache no habían apagado las mechas. «Tozudos», se dijo, y ordenó a su timonel colocarse justo sobre la estela del patache para pegarse a la popa y reducirle aún más las posibilidades defensivas, un ardid naval arriesgado por la pericia que se requería para realizarlo bajo fuego enemigo. Un error de cálculo podía hacer astillas parte del casco de la Centella a la hora del abordaje. La maniobra era sumamente arriesgada. Pero él no lo pensó dos veces. Con aquel apellido impronunciable: Van del Meijdenseel, el Holandés era el mejor piloto de altura visto en aquellas aguas. Así que minutos después, cuando no esperaban escuchar el chasquido de los chuzos hincando la borda, y todavía creían distantes a los piratas, los tripulantes del San Gabriel alcanzaron a oír el grito:

—¡Abordaje!

El Lobo Ducrot repitió a viva voz la orden, lógicamente en castellano imperfecto, arrastrando la ere y pronunciándola como ge. Entonces los otros vieron aproximarse lo ya inevitable. La Centella se abarloó con el patache el tiempo necesario para que sus hombres saltasen al otro barco. Coselete de cuero ajustado y alfanje en mano, el maestre Hawkins se aferró a un obenque calculando con su único ojo en servicio, el derecho, el sitio propicio para saltar. Fue el primero en hacerlo y caer sembrando el terror con el sable. Le siguió Doiteadiós, con la espada ropera de lazo y la daga vizcaína ceñidas a la cintura, disparando con puntería letal sus dos pistoletes catalanes. La batalla era cuerpo a cuerpo y tirando a degüello. Abrumados por la rapidez del asalto, el griterío y la faz de los atacantes, los arcabuceros del San Gabriel retrocedían en grupo. La recarga era lenta y casi imposible a tan corta distancia. Uno de ellos desenfundó el acero y le tajaron el tórax de un solo corte. Su compañero, un bisoño con más pecas que un perro perdiguero, esgrimió el sable y un golpe de cazoleta lo puso fuera de combate, con la cara rota y seis dientes de menos; otro cayó junto a la escotilla del combés, largando tres varas de tripa con el vientre abierto de lado a lado. A un oficial un chuzazo le cortó el brazo por el codo, y lo dejó doblado sobre la regala desangrándose a cuajarones por el muñón. Otro fusilero cayó de bruces con un puñal encajado en la garganta. Algunos treparon por las jarcias tirando con sus pistolas y terminaron abatidos a arcabuzazos. Cuando ya eran pocos los valientes que cruzaban estocadas vendiéndose caros en cubierta, la dotación de mar del San Gabriel se vio finalmente perdida y se replegó. Los ocho sobrevivientes depusieron las armas de común acuerdo, y se agruparon neutrales en el cuartel de proa. Viéndolos rendirse, Doiteadiós, que además de valiente era hombre de pundonor, paró el combate y se acercó a los vencidos en compañía de su paje de lidia y faenas, Polvorilla. El mulato cubría la espalda a su amo con espada y daga, empujando a todo el que viese muy cerca. Los vencidos miraban asustados la pata de conejo blanca que le colgaba del cuello al mulato, acentuada por la piel oscura y sudorosa de su torso desnudo.

El piloto del patache reafirmó con palabras la capitulación.

—Vuecelencia —expresó, obsequioso.

Doiteadiós le alzó el mentón con una mano y lo observó con detenimiento.

—A lo hecho, pecho —dijo de pronto —. ¿Quién es su capitán?

Una sonrisa resignada se dibujó en el rostro del hombre, que además de timonel se presentó como capitán del patache. A su derecha yacía en cubierta el cuerpo del maestre, despatarrado sobre un charco de sangre y con una honda herida en el cuello.

—Lo mío es el mar. La carga y la defensa del barco eran cosa de ese —repuso, señalando con una mano el cadáver.

La carga a la que se refería el piloto eran piezas de Indias, eufemismo con que la Corona denominaba a los esclavos traídos de África. El San Gabriel navegaba entre Santiago de Cuba y San Cristóbal de La Habana con más de medio centenar de bozales a bordo, hacinados en tres pañoles que hedían a infiernos.

—¿Quién era el dueño? —preguntó Doiteadiós.

—Oí decir al maestre que los esclavos los compró un tal Don Diego de Rivera, del corral Los Güines —dijo el piloto, a quien los modales y la estampa de aquel pirata le parecían más los de un caballero—. Mi encomienda era llevarlos a La Habana. Juro a vuecelencia que no sé más.

La respuesta no le hizo sonar ninguna campana a Doiteadiós. Primera vez que escuchaba aquel nombre.

—Hugo Valdés de Villafranca y Menéndez —preguntó con lentitud, mirándose la pierna que le molestaba—. ¿Le dice algo ese nombre?

El piloto frunció el entrecejo y una gruesa gota de sudor le bajó de la frente.

—En algún sitio lo he oído.

—¿Lo ha oído —preguntó, calzándose bien la bota a medio muslo—, o sabe algo más?

—Si no me equivoco es capitán de mar en la flota de la Carrera de Indias —dijo el otro luego de una pausa—. Pero nunca le he visto la facha. —Un leve temblor le recorrió ahora la espalda.

Doiteadiós se quedó mirándolo, inquisitivo. Toda su gente estaba al corriente de que, desde que era quien era, perseguía a Valdés de Villafranca por el Caribe para vengarse. Nacido en Sevilla en 1571, hijo de un carpintero de ribera en el Guadalquivir, a los trece años Álvaro López Duarte se enroló como grumete en el galeón San Felipe, que zarpaba en su segunda singladura entre Sanlúcar de Barrameda y las Indias, al mando de Villafranca. Pero sus sueños de servir en la Armada española se los echó al agua el golpe de una ola cerca de los bajos de Bimini, cuando una fuerte marejada lo lanzó por la borda. Muy a tiempo, el vigía de guardia dio la voz de hombre al agua. Pero despiadado como era, de un menosprecio atroz a sus subordinados, el capitán no se inmutó, y el San Felipe mantuvo el rumbo dejando atrás al novicio, sin auxilio ni misericordia. Desde entonces no lo dejaba en paz el resentimiento de haber sido abandonado a merced del mar por su propia gente, desamparado en medio del océano sin más defensa que el miedo. Y en eso seguía dieciséis años después, tomándose muy a pecho y estoque el asunto, decidido a obsequiarse una venganza particular, porque confiar en la justicia procesal o divina era creencia de necios; y perdonar canalladas de semejante calaña, cosa de débiles.

—Entonces… —repitió la pregunta, ahora afirmando—: Está usted seguro de que no lo conoce.

—Solo de oídas —reiteró el piloto. Y esta vez fueron dos las gotas de sudor que le bañaron las sienes.

El grumete Álvaro López Duarte estuvo tres días y tres noches aferrado a un barril, que también había caído del galeón arrojado por la borrasca, luchando contra el oleaje, un sol abrasador y los peligros que suele haber en el agua. Hasta que, suerte entre todas las suertes, cuando ya toda esperanza parecía ilusoria, un navío capitaneado por el corsario Sir Francis Drake le largó un cabo, lo rescató y le dio nueva vida. Entonces ya no fue más Álvaro, aquel ingenuo aprendiz de ojos dóciles y pardos, sino el Boy, un pirata de aguda mirada que primero de adolescente, y ahora de capitán, nunca se dejaba arrastrar por las primeras emociones ni perdía la cabeza como los demás por el oro. Su desprecio al peligro y osadía sin límites tenían un móvil: llegar a toparse algún día, frente a frente, con quien le había torcido el destino y los sueños.

Doiteadiós se alisó con una mano la barba y con la otra dejó reposar con suavidad el filo de la espada sobre la bota.

—La Flota de Indias —quiso saber—. ¿Cuándo parte de La Habana?

—Se dice que en unas dos o tres semanas.

—¿Solo dos o tres?

—Es lo que se comenta —repuso el piloto, prudente, temeroso de cada palabra que pronunciaba.

Doiteadiós se cambió de mano la toledana, un obsequio de Sir Drake. La espada ropera fue parte del botín capturado por los ingleses durante el saqueo a Santo Domingo y luego su mejor compañera en batallas, desde la ocupación de Cartagena de Indias y el ataque a San Agustín hasta el fallido asedio en 1595 a Puerto Rico, pocas semanas antes de la muerte del célebre corsario.

—¿Cuántos barcos?

—Veinte, quizás.

El piloto reparó en la bien recortada barba de perilla del capitán y en su camisa limpia con cuello a la valona. Estaba muy interesado Doiteadiós en los movimientos de la flota española, cuyos barcos provenientes de Cartagena de Indias, Portobelo y Veracruz se daban cita en La Habana para de ahí zarpar entre los meses de mayo y junio de regreso a la península, cargados de oro, plata, piedras preciosas, cacao, tabaco, maderos, marfil, seda, porcelana, lana de alpaca, especias y algodón traídos de los Virreinatos de Nueva España y del Perú, así como del Lejano Oriente.

—¿Y las defensas? —inquirió, enfundando la espada.

—Reforzadas, supongo —Por primera vez el piloto del patache levantó la vista y lo miró fijo—. España se ha recuperado. Los ingleses están perdiendo la guerra.

—Y los españoles la ganan —apuntó él con un dejo de ironía.

—Parece —comentó el otro, mesurado.

Desde que se separó de la escuadra corsaria para tener su propio barco y su propia gente, sin sometimiento a ninguna bandera, dejando de ser el Boy para ser el capitán Doiteadiós, estaba muy al corriente de los reveses ingleses luego de la desastrosa derrota de la Contra Armada. Pero vivía mucho más atento a las normas estrictas por las que se regía el convoy de las Indias, con una nao capitana a la cabeza y la almiranta que lo cerraba, ambas verdaderas fortalezas flotantes, cada cual con cuatro cañones de hierro, ocho de bronce, veinticuatro piezas menores y todo un ejército a bordo. De noche, el galeón guía prendía a popa un enorme fanal para que los demás barcos lo siguieran. A barlovento de la flota navegaban los barcos artillados que la protegían de ciclones, piratas e ingleses. Si algún capitán o piloto incurría en la negligencia o la estupidez de separarse del grupo, las penas eran severas. En un inicio, la muerte. Luego, viendo que una cosa era pastorear corderos y otra muy distinta aproar barcos en alta mar, las autoridades militares españolas redujeron el castigo a la pérdida del cargo y a una multa de cincuenta mil maravedís, suma que para la época seguía siendo un dineral. La expedición navegaba todo el tiempo con un ojo en Levante y otro en Poniente, al acecho del más repentino zarpazo. A prudente distancia, Doiteadiós había calibrado más de una vez los pros y los contras, sopesando acercarse a hurtadillas al abrigo de la noche y apenas clareara atacar a la oveja más descarriada del rebaño. Pero su conclusión fue siempre la misma: las probabilidades de encontrar lo que buscaba eran casi nulas, y las de hacerse con un botín que valiese la pena dependían de una incierta contingencia: que alguna tormenta alejara a una de las naves o que algún piloto descuidado o idiota lo ayudara en el empeño, una posibilidad entre mil. Lo suyo —y sus hombres lo sabían—, no era tanto el oro y la plata que pudiese trincar de uno de aquellos galeones como echarle garra a Valdés de Villafranca. Y daba por hecho que si en algún lugar podía hallarlo era allí, en la flota.

Mientras Doiteadiós interrogaba al piloto, el Holandés había estado hurgando en el cuarto de derrota del patache en busca de cartas náuticas, y el maestre Hawkins se daba a la tarea de subir a crujía los esclavos encadenados en los pañoles. Todos tenían herrada en el pecho la marca de la coronilla real. El mal olor que traían hizo volverse al capitán.

—Que los baldeen —ordenó a Polvorilla—. Y tráeme al Lengua.

Puñales, que escuchaba atento, contuvo el comentario que le saltaba a la boca. «Esta pobre gente merece mejor trato», se dijo. Pero ya el Lengua estaba donde debía estar, entendiéndose con los bozales, entre los que venían mandingas, congos, zapes y jolofes, estos últimos famosos por indóciles. Advertido, el capitán los conminó por medio del intérprete a que se comportaran con obediencia bajo la promesa de que tan pronto tocaran tierra los dejaría en libertad. De lo contrario, les sucedería lo mismo que a los soldados cuyos cuerpos dos de los piratas estaban tirando al mar por la borda. Los esclavos se miraron perplejos, preguntándose si habían escuchado bien. La amenaza de que si no se conducían con propiedad les troncharían el gaznate no era algo que les sorprendiera. Algo muy diferente, a lo que aún rehusaban dar crédito, era la promesa de que quedarían libres en cuanto desembarcasen.

—Cimarrones. Eso es lo que viene —les dijo Doiteadiós con una mano en el pomo de la espada y una autoridad tal que los negros, que hasta entonces se mantenían cabizbajos y entre cadenas oyendo al intérprete, osaron alzar la mirada y el bullicio se generalizó.

El tuerto Hawkins venía a notificar del botín a bordo, pero el capitán quiso saber primero el estado de sus hombres.

—¿Algún daño irreparable? —preguntó a su segundo.

—Ninguno —reportó el maestre—. Tres heridos por arcabuzazos al sesgo y uno con un plomazo en el hombro. Eso es todo.

Hawkins se quitó el tricornio, se acomodó la melena que le caía sudorosa sobre la frente y esbozó una fiera sonrisa. Aquel gesto oscuro y torvo del inglés quería decir que el resto de los tripulantes estaban ilesos, incluidos el Lobo con sus artilleros; Theo el Holandés, su segundo timonel, los marineros y grumetes; el calafate Dal Corso; el cirujano Míster Blood; el grueso de los arcabuceros y espadachines del trozo de abordaje, y por supuesto, como su merced ya corroboraba, Puñales, el Lengua y Polvorilla. Luego el maestre pasó a detallar el arrumaje en los pañoles y el contenido de los talegos capturados: tres arrobas de bizcocho ordinario, un quintal de carne de cerdo salada, otro de carne de res, una cántara de aceite, diez azumbres de vino, una fanega de habas —un poco picadas por los gorgojos—, una arroba de aceite, otra de azúcar, dos ristras de ajos, seis pipas de agua y poco más de cuatrocientos reales, o sea, una minucia. Lo más importante no era eso sino lo confiscado en cubierta y en la santabárbara: centenar y medio de balas de doce libras para culebrinas, diez arcabuces, cinco mosquetes, dieciocho espadas, cuatro pistolas, seis dagas, dos puñales, doce medias picas, y tres quintales de plomo y pólvora. Abundante pertrecho. Y eso que era un barco negrero.

—No traen ni gota de tafia —precisó Polvorilla.

—¡Rediez! —dijo alguien a la espalda del capitán, que se rascó la frente y se caló el sombrero.

Esa era la noticia que más incomodaba a la tripulación. El aguardiente de caña era tan apreciado a bordo como la pólvora, en especial por el cirujano, que lo empleaba con generosidad como desinfectante a la hora de extraer balas, curar mataduras y coser heridas con hebras de jarcias ya en desuso. Pero también lo consumía a raudales a título personal, sin necesidad de que hubiese alguna urgencia clínica.

Apurando el asunto, el capitán mandó transbordar armas y bastimento, adujar cabos y enmendar con premura todo lo que se pudiese de la arboladura del patache para emprender viaje de regreso a tierra. Una vez que estuviesen zurcidas las velas y enclavijados los palos, dos de los más avezados marineros del Holandés y otros cuatro hombres se ocuparían de llevar a puerto al San Gabriel siguiendo la derrota de la Centella. Los ocho prisioneros serían abandonados en el mar, no lejos de la costa, repartidos a bordo de un esquife y un batel, llevando como provisiones cinco azumbres de agua y media arroba de bizcocho, suficientes para sobrevivir varios días.

—Dejadlos a la deriva —fue la orden del capitán—. Que el mar los salve o los mate.

Al subir a uno de los botes, el piloto español fijó la mirada en Doiteadiós y lo que vio le confirmó lo que hacía rato pensaba: rudezas del oficio a un lado, aquel no parecía un pirata cualquiera. Su tono sonaba muy de mando pero con templanza, con una serenidad y gallardía de esas que le granjean respeto a cualquier adversario. Así era siempre. En las duras y en las blandas. Y gracias a ello muchos le debían la honra, como el capitán de un galeón español que tras ser abordado estuvo a punto de morir ahorcado en manos de la turba. Con tal de no entregar su barco, el oficial había tratado de hacerlo estallar y morir con decoro antes que rendirse. Impresionado por esa muestra de coraje, Doiteadiós mismo le cortó las amarras de pies y manos con su daga; entonces ordenó que le diesen una espada para que se batiera con dignidad por su vida. Y terminó derrotándolo en un duelo que alargó ex profeso todo lo que pudo hasta ver en los ojos del oficial un destello de agradecimiento. «Corajudo el compatriot», dijo para sí tras la estocada final, cuidándose de que alguien pudiera leerle los labios o descifrarle el pensamiento, porque los que lo rodeaban, gente de otra ralea, otros credos, lenguas y cunas, eran los camaradas que le deparaba el azar, no los que habría tenido si otra hubiese sido su estrella.

La ruta de vuelta a la costa la hicieron navegando de bolina contra el terral, y con los bozales sentados y apiñados en la proa para que los rociones acabaran de lavarles la mugre. Recostado sobre la barandilla del alcázar, el condestable iba rezongando por lo bajo sus desavenencias. No por desacato, porque en sus largos años de contiendas marinas creía no haber tenido nunca un capitán más respetable y cordial. Pero el Lobo era el típico gruñón, testarudo y de humor avinagrado desde su bautismo de fuego, muy joven, en la época en que Felipe II se lanzaba a forjar en España un imperio más grande que el de su padre bajo el lema El mundo no es suficiente. La suerte de su carácter se selló el 26 de Julio de 1582 en las Azores durante el combate naval de Terceira, cuando nada se sabía de grandes batallas entre galeones y los estrategas previeron que el desenlace lo decidiría la artillería. Una imponente escuadra francesa de sesenta y cuatro navíos de la que Mon Loup Ducrot formaba parte como cañonero se enfrentó a solo veinticinco barcos españoles. Y a pesar de su notoria superioridad, los franchutes sufrieron una vergonzosa derrota. Conociendo el hecho y a sabiendas de los fastidios hepáticos que aquejaban a su condestable, el capitán sobrellevaba su mal carácter, y era el único de sus subordinados al que no llamaba por el apodo, mostrándole cierta deferencia. De manera que cuando el maestre Hawkins le informó de los refunfuños del Lobo, él hizo un aparte y fue hasta el alcázar a sosegar al jefe de sus artilleros.

—Mesié Ducrot, ¿qué le atormenta?

La pregunta sorprendió al francés, que estaba de cara a popa anudándose con firmeza el pañuelo negro de la cabeza.

—Ninguna a la vista —repuso, dándose vuelta y en pose marcial, tomando el asunto por donde no era.

—No me refiero a la mar sino a usted, mesié. ¿Qué le preocupa?

El Lobo parpadeó tres veces con el ojo izquierdo, un tic nervioso que arrastraba desde la infame debacle de la Terceira.

—Según mi cuenta —dijo, quedo— son cincuenta y cuatro bozales, a cien ducados por cabeza hacen más de cinco mil. Buen dinero, mi capitaine. —Le molestaba pensar que los esclavos no fuesen vendidos por una suma razonable a cualquiera de los negreros que merodeaban por aquellas aguas.

Crasa torpeza. El Lobo sabía que Doiteadiós no era hombre de oro ni alhajas. Tampoco dado a ninguna apetencia extrema que no fuese ordinaria. Su universo se estructuraba de manera simple y sin zigzagueos. Tanto eres —no tanto tienes—, tanto vales. Había matado lo suficiente para saber que nada es eterno en este mundo y que por grande que fuese cualquier riqueza podía venirse abajo de un solo golpe de espada. El capitán se sujetó con una mano el ala del chambergo y el aire batió el cabello que le caía sobre los hombros.

—Según la mía, la aritmética es otra, mesié —dijo—. Son ciento ocho brazos menos para el adversario, y una retaguardia útil para nosotros. Esa es la cuenta.

El condestable no sabía de las intenciones del capitán de liberar a los negros para que establecieran un palenque en el monte, donde por fuerza mayor tendrían que cultivar y criar animales para subsistir. Eran en potencia una fuente segura de provisiones, en adición a las que pudiesen rapiñar ellos en sus correrías marinas. «Los cimarrones comen y nos darán de comer», fueron exactamente sus palabras. El Lobo lo pensó mejor unos segundos, y con un movimiento pendular de cabeza se reprochó su falta de visión.

Permission de mi capitaine— dijo, dando media vuelta con el mosquete aún terciado a la espalda. Y se fue al pañol de municiones a poner orden en los medios de guerra.

El capitán no le explicó que un factor importante de aquella extraña lógica pirata de liberar a los esclavos era la venganza, porque su enemigo mayor, el principal depositario de todos sus resentimientos, don Hugo Valdés de Villafranca y Menéndez, era todo lo ruin que se podía ser en este mundo y en cualquier otro; la cobardía le rezumaba por los poros. Era arrogante y grosero, un déspota abyecto que se jactaba de no permitir que sus hombres llevasen mujeres a bordo —como exigía el reglamento—, pero él surcaba los océanos con tres negras al retortero, que le cocinaban, lavaban la ropa y acicalaran las uñas y el cabello. «Son mis bestias», decía. De día las golpeaba y vejaba sin conmiseración a la vista de todos, trazando unas fronteras raciales que de noche desaparecían en el lecho de su cámara. Nada más incompatible con Doiteadiós, que medía a los hombres no por el color de la piel sino de sus asaduras. Y aunque a los veintinueve años era tan viril como el que más, solo acudía al llamado de la carne cuando la oportunidad y la confianza se lo permitían. Porque si algo no violaba el capitán era la cautela, desde que a cada paso, por su oficio, la muerte le pisaba sin falta los talones.

Antes del atardecer, la Centella navegó con soltura por entre arrecifes que eran como garfios ocultos a la caza de timoneles desprevenidos. En los albores del siglo, empezando el diecisiete, no había peor enemigo para los españoles además de los bajos de Corrientes y los de Bimini que aquellos cientos de islotes al norte de la parte central de Cuba, que servían de escondite a los hombres de Doiteadiós y a cuánto pirata incursionara por esos parajes. Cuando algún bajel audaz se atrevía a perseguirlos, el Holandés metía la quilla por un estrecho canalizo entre los cayos Cristo y Esquivel, torcía a estribor en la Punta la Gata hasta Rancho del Cojo, para escapar por un imperceptible estrecho por el que apenas cabía una nave del calado de un galeón. Si a esas alturas el enemigo aún coleaba, lo más seguro era que quedara entrampado en una ensenada que no por azar llamaban el Rincón del Infierno. Para salir con vida de aquellos traicioneros bajos era necesario hacer un pacto con el demonio, o lo que era lo mismo, rendirse a los piratas. Pero ese no era el caso ahora. Así que tan pronto remontaron Cayo Cristo y Punta la Gata, poniendo proa a la desembocadura del Undoso, Hawkins dio la voz de soltar escotas. Luego navegaron un tramo río adentro entre márgenes cubiertas por una densa vegetación. El destino: un punto de la ribera cercano a los Mogotes de Jumagua, un sistema de colinas repletas de cavernas que los piratas solían usar como refugio durante huracanes. Llegados al sitio de recalada, el San Gabriel y la Centella echaron anclas, y por intermedio del Lengua el capitán indicó a los bozales cómo llegar a las grutas; les entregó en anticipo tres sables, un par de arcabuces, pólvora, municiones, y a cambio les anunció que regresaría por provisiones.

—Trueque en buena ley —dijo.

Ololó, uno de los negros más corpulentos y a todas luces caudillo del grupo escuchó atento al Lengua. Después fue a decir algo pero calló, dio dos pasos al frente, mostró su blanca dentadura, y libre de reservas estrechó de un apretón la mano que ya le extendía Doiteadiós.

El San Gabriel fue dejado fondeado río adentro para su eventual desguace en caso de que hubiese que hacer una reparación mayor a la Centella, o fuese necesario utilizarlo como brulote para atacar un barco de superior porte, cargándolo con explosivos y otros materiales deflagradores. Cosas del oficio.

Esa noche el Lengua se esmeró en su otra función a bordo, como cocinero. Prendió el fogón bajo un cielo estrellado y todos comieron caliente: habas, tasajo y bizcocho.

El maestre Hawkins engullía su rancho chupándose ruidosamente los dedos, ajeno al parloteo de la tripulación mientras la mortecina luz de un fanal le iluminaba la mitad del rostro ceñudo, guarnecido por una barba hirsuta, negra y tan cerrada en los carrillos que en el derecho se le pegaba al ojo y en el izquierdo se confundía con el parche. Un trozo de cecina le colgaba trabado del bigote. Doiteadiós lo miró y su dura expresión le recordó la del padre, Sir John Hawkins, un renombrado corsario muy odiado entre los súbditos españoles por haber sido tercero al mando de los ingleses cuando la debacle de la Armada Invencible. «De tal palo tal astilla», pensó. Pero nada que ver con los modales del difunto ni con los de su hermano, Richard, que a la sazón llevaba tres años prisionero en España, y a quien, como a su padre, se le atribuían rasgos gentiles. El maestre era un hombre de escasas palabras, hosco, capaz de matar de solo cruzarse con una mirada algo sospechosa. Un perfecto animal de batalla con cuello de mastodonte que contabilizaba el botín, metía en cintura a los alborotadores y aplicaba la disciplina a bordo con una meticulosidad que infundía respeto. Por la aspereza de su rostro el segundo de a bordo daba la impresión de ser un hombre de tenebrosas cavilaciones. Pero nada más lejos de la realidad. Todos sus actos estaban guiados por raciocinios simples, primigenios. Y profesaba al capitán una lealtad a toda prueba.

—¿Cuántos se cargó hoy, maestre? —Doiteadiós le clavó la vista en el entrecejo para no sucumbir a la tentación de mirarle al parche, impulso que solía traicionarlo cada vez que hablaban.

—Tres —respondió el inglés sin apartar la vista de la escudilla—.¿Y vuestra merced?

—No llevo la cuenta —dijo, y detuvo la vista ahora en los gregüescos de color gualdo y negro de Hawkins. No entendía por qué este se empeñaba en vestir esos calzones, que siempre le parecieron anacrónicos para un pirata.

—Fatal —comentó el otro, escueto, mordiendo el bizcocho.

—Dese a entender —el capitán no comía, pero lo observaba con atención voraz.

Todavía con la boca llena, Hawkins explicó que según una vieja superstición inglesa era presagio de mal agüero no saber cuántos adversarios uno despachaba a ultratumba. Si en un solo día sumaban siete eso era augurio de buena fortuna. El capitán lo escuchaba absorto cuando Theo el Holandés los interrumpió. Venía con una carta náutica.

—Una joya —dijo, mostrándoles el mapa.

El pergamino, hallado a bordo del patache San Gabriel, señalaba en detalle las mediciones marinas de la ensenada de Matanzas y la topografía de sus alrededores, incluidos los puntos exactos donde los españoles tenían emplazados vigías para proteger la villa, a unas sesenta millas al este de La Habana. La embocadura de la rada era bien abierta, casi media milla, por lo que la Armada enemiga no podía emplear allí una treta a la que recurría con frecuencia en las bahías con un canal de acceso angosto. La estratagema consistía en tender una cadena sobre el agua que obstruía el paso e impedía las incursiones nocturnas de los piratas. El capitán se ladeó para aproximarse más al fanal y fue deslizando el índice sobre cada una de las atalayas dibujadas en la carta. Cuando las identificó todas se rascó la cabeza.

—Tres. Y ninguna fortificación —dijo.

—Ninguna —repitió el Holandés, dando una chupada a la pipa y dejando escapar el humo por la comisura de los labios.

Hawkins se reclinaba sobre el mapa.

—Hum —fue su expresión gutural.

—¿Vos, qué pensáis? —preguntó el capitán al piloto.

Con su indudable talento para los eufemismos, el Holandés abrió la escarcela y echó más picadura en la pipa ennegrecida por la nicotina.

—¡Un regalo! —respondió.

—¿Y vos! —dijo en alta voz el capitán en dirección al contramaestre Puñales, que estaba a pocos pasos de ellos recostado sobre la mesana, limpiándose las uñas con la punta de un estilete.

El vizcaíno se acercó presto, echó una rápida ojeada al pergamino y dijo con cierta cadencia:

—Carajonudo.

La expresión, auspiciosa, era una de las tantas acuñadas por Silvestre Astaburuaga, el segundo oficial a cargo de velas, aparejos y limpieza en cubierta, un hombre dado a los dichos y merecedor del mote porque cuando se agotaban las cargas de arcabuz era más certero en las arremetidas con los puñales que con las balas.

—Esta vez están arreglados —apostilló el Holandés, lanzando al aire una bocanada y haciendo una seña hacia el Lobo, que cerca de ellos ensebaba el mosquete.

El capitán alzó la carta, hizo un gesto de agrado y se la mostró al condestable.

—Mesié Ducrot, si no me equivoco este es un regalo en bandeja de plata para los muchachos. —Así llamaba el francés a sus artilleros, con un orgullo y dejo de afecto tan filial que más que piratas parecían hijos suyos, los que a causa de su procelosa vida de mar nunca logró tener. Al menos que él supiese.

El Lobo observó cachazudamente el pergamino.

—Merci —respondió al rato.

Dicho esto se quedó mirando receloso al Holandés como si esperase alguna de sus habituales pullas. Pero no, el piloto no tenía esta vez ningún interés en provocarlo. Matanzas era una presa muy apetecida. Intentaron asaltarla hacía un mes, después de llegarles el aviso por unos traficantes de cuero de que el gobernador de la isla, don Ambrosio Machuca Traña, había decidido reforzar la protección de la rada y enviar un galeón cargado de pólvora, arcabuces, cañones y otras artes de fuego para pertrechar a un cabo al mando de una treintena de soldados apostados en la bahía. Los contrabandistas ingleses, que hacían comercio de rescate con la villa, conocían de atrás a Doiteadiós y tenían comprado un infidente en el atracadero que les indicó dónde estaban almacenados los pertrechos. La información tenía todas las trazas de ser digna de crédito. Según los cálculos, solo con la mitad de aquel cargamento tendrían abasto artillero para todo un año de brega. La seducción era grande. Así que se jugaron el albur. Desconociendo el sitio, a pleno día y navegando como una pava, la Centella se adentró en la anchurosa ensenada, inadvertida de que el caserío quedaba distante de la embocadura, y de que entre el poblado y el sitio donde estaba guardada la pólvora había emplazados cuatro cañones, que tan pronto divisaron el veloz bajel con toda la pinta de ser lo que era abrieron fuego con mucho estruendo, aunque por suerte con muy mala puntería. Alertado el capitán de que no era ocasión ni manera, y convencido de que las circunstancias no se mostraban favorables, entre sonoros carajos decidió cazar a poniente y huir de lo que se le convirtió en una encerrona. Desde entonces estaban a la espera de una oportunidad. Y aquel mapa era eso, un obsequio caído del cielo.

—Hum —el segundo sonido articulado por el maestre Hawkins fue de complacida aprobación.

—A buen tino —puntualizó el Holandés— en doce horas nos ponemos a tiro de culebrina de Matanzas.

—Dios ponga tiento en tu lengua —dijo Puñales, persignándose.

—¿Estáis seguro? —indagó el capitán, acariciándose la barba.

—Tan seguro como que dos y dos son cuatro.

Theo no era de los que alardeaban de sus habilidades. Y jamás erraba en sus predicciones. Para sus cofrades del gremio era un hecho fidedigno que la sirena que llevaba tatuada en el torso le servía de talismán. Y que pilotando la Centella, que en su mascarón de proa tenía tallada una nereida, navegaba con buen tino en todas las aguas. El capitán volvió a tomar el mapa en sus manos y estuvo un rato en silencio. Movió un poco la cabeza, pensativo, y luego paseó la vista alrededor. El Holandés se quitó el sombrero de capotain con hebilla de plata y sacudió un enjambre de guasasas que atraídas por la luz del fanal se abalanzaron sobre cubierta. Los otros se miraron de reojo, conocedores de que el capitán era de esa variedad de hombres que no andan con mucho palabreo. Y que a la hora del cuajo en vez de hablar actúan.

—¿Algo que objetar? —preguntó Doiteadiós, enarcando las cejas. Y como nadie puso reparo, enrolló el pergamino y dio por zanjado el asunto—. Mañana zarpamos.

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Nadie se muere a deshora. Ni la víspera ni un día después.

Doiteadiós

No suelo ponderar la honra en la balanza del dinero.

Doiteadiós

Sois un muerto que por algún desproporcionado favor de la casualidad o de mi capricho sigue vivo.

Doiteadiós.

El autor

Roberto Casín es un periodista y escritor cubano que desde 1991 reside en Estados Unidos. Ha sido reportero, comentarista de radio, redactor para la televisión, corresponsal, editor, y jefe de redacción en diarios, revistas, y publicaciones especializadas en internet.

El autor tiene publicados otra novela titulada Polvos de fuego, y un libro con una selección de sus columnas durante más de once años en el diario El Nuevo Herald: Las cosas por su nombre.

Roberto Casín

Polvos de fuego

Las cosas por su nombre

Muy pronto…

La próxima novela 

Sobre las aventuras del capitán Doiteadiós por el Mar Caribe.

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